Generales11 de diciembre de 2025

EL PUDOR Y LA INTIMIDAD: VALORES QUE SE EDUCAN Y PROTEGEN

Vivimos en un entorno donde la exposición del cuerpo es constante: imágenes, videos y
propuestas estéticas circulan con facilidad en los medios de comunicación y redes
sociales, captando nuestra atención y moldeando nuestra percepción. Los educadores
(padres, madres o cualquier persona con alguna responsabilidad en el ámbito
educativo), se ven en muchas ocasiones sorprendidos, como los niños y niñas de muy
corta edad, son también objetivos explícitos de esta “oferta” visual, para generar
tendencias o apetencias tanto estéticas como de consumo. Todo ello influye en su
relación con su propio cuerpo y con la intimidad.

La sociedad ha venido estableciendo algunas normas y estrategias para proteger a los
menores de contenidos que pueden no ser adecuados para su edad. Estas medidas
resultan más efectivas cuando los adultos que acompañan a los menores son conscientes
de la importancia de la intimidad, sin trivializar sobre el acceso a ciertos contenidos
indebidos o inadecuados.

El objetivo central de cualquier proceso educativo es fomentar la autonomía y la
capacidad de decisión de niños, niñas y adolescentes. Y este camino que comienza
desde la infancia y continúa durante toda la etapa educativa del niño y adolescente,
implica no solo instaurar hábitos adecuados, sino también fundamentar los valores que
los sostienen.

En este contexto, se propone reflexionar sobre un valor esencial: el pudor, el cual puede
conceptuarse como un sentimiento positivo que alerta frente a la exposición de la
intimidad física o personal. Este sentimiento se desarrolla dentro de contextos
concretos y requiere, evidentemente, un acompañamiento y una educación.
Por ello, cuando se observa a un menor mostrando su cuerpo sin conciencia de sí mismo
ni de los efectos que produce en otros, se evidencia que aún no ha desarrollado
herramientas para valorar y cuidar su intimidad. El pudor, cuando se educa, permite
reconocer situaciones donde es necesario e importante proteger la integridad y la
privacidad personal. Pudor no es lo mismo que “vergüenza”, ya que, si bien la
primera protege un bien que consideramos valioso, la segunda se relaciona con ocultar
aquello que percibimos como negativo.

¿Qué hábitos se recomiendan para educar el pudor?
Los hábitos que se exponen pueden adaptarse a cualquier edad, ajustando el enfoque
según el desarrollo del niño, niña o adolescente. La clave está en establecer costumbres
claras y explicar su sentido, para que puedan aplicarse en distintos ámbitos de la vida,
alejado de posiciones extremas o radicales.

Respetar la privacidad del cuerpo. Los niños y niñas pueden aprender que su cuerpo
tiene un valor propio y que ciertos espacios y momentos requieren privacidad. Potenciar
mensajes como “mi cuerpo soy yo también”. Para dar fundamento a el concepto de
Pudor es necesario comprender que el cuerpo es un elemento esencial como fuente,
medio y fin de relación con los demás y con uno mismo. Una definición generalista de
educación es “enseñar qué hacer, dónde, cuándo, por qué y con quién” las conductas
tanto públicas como privadas.

Los conceptos iniciales a unir es Respeto, Privacidad y Cuerpo. Para ello se inicia la
transición entre conductas públicas y privadas y el equilibrio entre los valores que
sustentan los comportamientos. Las conductas públicas son aquellas en las que puede
haber personas observando la conducta o a la misma persona, las conductas privadas
son las que no puede haber personas observando la conducta o a la persona). Un
ejemplo típico de las conductas a modificar del ámbito público al privado son las
muestras de afecto físico. A veces, como padres o educadores realizamos en público
determinadas muestras de afecto a nuestros hijos invasivas hacia el cuerpo del niño o
adolescente. Ante estas conductas invasivas los niños no desarrollan elementos o claves
de interpretación adecuadas de los contactos afectivos físicos y, en consecuencia,
quedan desprotegidos ante situaciones donde esas claves de protección no existen.
Hay que introducir estas enseñanzas con el mensaje y las palabras explícitas (pudor,
respeto, ahora no, así no, hazlo así….) para asociar la conducta, el lenguaje, el valor y el
sentimiento.

Otro ámbito o ejemplo sería acompañar (modulando, corrigiendo, evitando) tanto en el
ámbito público o privado la evolución y desarrollo corporal en sus distintas etapas de
niñez, adolescencia. Desde una concepción positiva del cuerpo y su evolución, las
conductas de estética (tipo de ropa, maduración y desarrollo biológico en niños y niñas)
y autocuidado del cuerpo (hábitos saludables) integra equilibradamente el cuerpo y
autoimagen con nuestro entorno personal y social.

1) Privacidad en el baño y espacios similares. El baño, el aseo o los vestuarios son
espacios de intimidad y reserva. En los primeros años, los adultos pueden asistir
cuando sea necesario, pero luego se retiran para que el/la niño/a adquiera conciencia
de su propio cuerpo y de la obligada privacidad en estos espacios. La supervisión
posterior puede realizarse de manera respetuosa para orientar o corregir hábitos
indebidos o inadecuados.
2) Cambios de ropa en espacios reservados. Este hábito enseña a reconocer
contextos donde la intimidad debe preservarse. También permite identificar
situaciones donde conviene mantener precaución o incrementar las medidas de
protección y prevención. Se puede comunicar esta importancia a familiares
cercanos, garantizando que respeten el espacio del menor a su intimidad y dignidad.
3) Reflexionar sobre el valor del cuerpo. El educador puede acompañar al niño, niña
o adolescente para que perciba su cuerpo como algo valioso y digno de cuidado. La
reflexión puede ser positiva, resaltando bienestar y cuidado, o preventiva, indicando
momentos en que es prudente mantener límites. Al igual que se enseña a prevenir
accidentes físicos, se puede acompañar la construcción de un “sentimiento
protector” que refuerce la seguridad del propio cuerpo.
4) Modelar conductas de respeto hacia el cuerpo. El adulto es un referente
importante. La manera en que se relaciona con su propio cuerpo y la exposición
pública que realiza del mismo, transmite aprendizajes al niño o niña. No debe
olvidarse nunca la conducta ejemplar del adulto hacia el menor. La coherencia y el
cuidado personal refuerzan los hábitos y valores que se desean transmitir, incluso
cuando los menores observan cuerpos de otros adultos en espacios públicos.

En definitiva, educar el pudor no es una tarea puntual, sino un camino que recorre toda
la vida del menor y que construye con consistencia su identidad, su percepción del
cuerpo y su libertad interior. No basta con señalar lo que hay fuera; necesitamos
acompañar, dialogar, interiorizar valores que hagan al niño consciente de su dignidad,
de sus límites y de su capacidad para decir “no”.